martes, 30 de mayo de 2017

Ana Rodríguez Navas, finalista del Premio Jeromín

El 14 de mayo de 2017, Ana Rodríguez Navas, alumna de 3º A de ESO, se ha clasificado como quinta finalista del Premio Jeromín de Relatos en la categoría A, con la composición "El día que Zorrilla se bajó de la estatua".

Esta actividad está organizada por el Ayuntamiento de Valladolid y la Asociación de Vecinos Juan de Austria.


Ana Rodríguez Navas

El día que Zorrilla se bajó de la estatua

- Entonces - carraspeó Natalia - ¿Tan solo hay que hallar el triángulo de la hipotenusa?
- ¿Qué dices? - aparté la vista del libro que estaba leyendo.
- Da igual, las mates no son lo mío –se encogió de hombros, cerró el libro y se puso a jugar con el móvil.
- Cecilia - dirigí toda mi atención al individuo que me llamaba.
- Dime Pablo.
- ¿Por qué te pasas todo el día leyendo? Es decir, siempre que te veo tienes la cabeza metida en algún libro diferente.
- Porque me gusta aprender, sentir emociones nuevas y evadirme por unos minutos de la realidad en la que vivimos. Aunque tú tampoco te quedas atrás, siempre que te veo tienes la mirada sumergida en tu móvil.
- Pero es diferente, yo socializo.
- ¿Socializar? - reí - "socializar" es hablar cara a cara con alguien, no mediante fotos, textos o videos sin sentido. Yo con los libros me lleno la mente de información.
- Libros, libros y libros, ¿no te sabes más palabras?
- ¿Sabías que en la Edad Media el poder tener un libro significaba posesión de riqueza?
- ¿Sabes que me da igual? - puso los ojos en blanco - estamos en el siglo XXI, ahora cualquiera tiene un libro al igual que un ordenador o un móvil.
Iba a hablar pero Natalia me interrumpió.
- No empecéis por favor - habló con desesperación - Pablo - dirigió su mirada hacia él - eres un pesado con el móvil, no todo está en las redes sociales, y tú Cecilia - me miró a mí - eres una 'Friki' de los libros, ¿y qué? No pasa nada, yo os voy a seguir queriendo como amigos, así que dejad de ser tan molestos.
- Mira mejor me voy, al parecer nadie me entiende - cerré el libro,  pagué mi café y me fui a dar una vuelta por las calles de Valladolid.
Estoy harta de esta sociedad, de verdad, no comprendo por qué la gente prefiere tener mil juegos para la consola, no entiendo por qué ya nadie aprecia nada, no entiendo por qué el más 'guay' es el que tiene más de mil seguidores en Instagram, no entiendo por qué todos son tan egoístas, tan ignorantes, tan narcisistas, no entiendo por qué 10 más importante en una persona es su físico y no su inteligencia...  Obviamente estoy generalizando y sé que hay personas que son todo lo contrario a eso.
Me senté en un banco enfrente de la estatua de José Zorrilla.
- Oh Zorrilla, por lo menos en tus tiempos sí que se apreciaba la literatura - pensé fijando mi mirada en él - ¿Qué ha pasado con el amor? En serio, me lo pregunto. Me encantaría que el mundo volviera a ser cursi. Que toda la humanidad volviera a recuperar ese sentido romántico que tanto se ve en las películas y se lee en los libros, donde existen noviazgos largos y cartas perfumadas, donde el amor es una necesidad del alma y no solo un simple capricho. No quiero vivir con una humanidad insensible donde ya nadie respeta los sentimientos - dije esta vez en voz alta desahogándome con ganas.
Me levanté del frío banco de madera y emprendí mi largo camino a casa.
Era de noche y yo seguía andando por las gélidas y vacías calles de mi ciudad, cuando vi una figura alta, grande y negra andando hacia mí. Me quedé de piedra al ver quién era, mis ojos se abrieron como platos y mi boca formaba una perfecta 'o'.
- Al [m te encuentro, cuando escuché decir todas aquellas verdades me diste de que pensar. Tenías razón en cada frase que salía por tus labios. Me alegra saber que todavía quedan personas como tú, ¡y encima tan solo eres una cría!
- Pe-perdona - tartamudeé del susto - ¿estoy soñando? ¡Eres una estatua!
- Sabía que te impresionaría encontrarme aquí, de esta manera - rio con voz grave - ¿damos una vuelta y hablamos? Me gustaría saber qué más piensas.
Comenzamos a hablar y yo aproveché la oportunidad de tener a este personaje histórico hablando conmigo.
- ¿En tu época había machismo y homofobia?
- Lo dices como si eso todavía no estuviera presente. Pero, respondiendo a tu pregunta, sí. Obviamente mucho más que hoy en día.
- Siento que algún día dejará de existir.
- Yo también lo presiento - me sonrió con ternura.
Se formó un silencio entre los dos, tenía tantas cosas que preguntarle, pero al parecer mi mente no podía procesar tanta información para expulsar por la boca.
Nos sentamos en un banco, lo único que se podía ver era la oscura noche iluminada con altas farolas, en las cuales debajo se encontraba un chico de pie con sus manos metidas en los bolsillos de su abrigo y con la mirada apuntando hacia el suelo. De repente éste levanta su cabeza y sonríe hacia la chica que viene corriendo.
- ¿Llego tarde? - dice ella.
Para mí, tú siempre llegarás tarde - la mira a los ojos - porque siempre querré que llegues antes.
Le di golpes en el brazo - ¿Lo has oído? Esto es a lo que me refiero. Eso sí que es amor.
- Sé lo que quieres decirme - sonrió - ¿Así que eso es lo que te gustaría que fuera más común?
- Exacto.
Me miró por unos momentos - ¿En qué piensas? - dijo de repente.
- Es una tontería.
- Me gustan las tonterías - me dio una sonrisa cálida.


- Simplemente creo que... Es decir - carraspeé - A veces pienso que vivimos en un mundo en el cuál el funeral importa más que el fallecido, la boda más que el amor entre la pareja y el físico más que la inteligencia. ¿No te das cuenta que estamos rodeados de personas que valoran más el envase que el contenido? ¿No es repugnante?
- Me alegra saber que a tan poca edad hayas descubierto sola cómo funciona la vida, el mundo.
- Duele que sea así - suspiré con pesadez.
- Que te duela todo lo que te tenga que doler y que la noche de insomnio te arrope.
Le miré intentando descifrar cada palabra que salía por su boca.
- Ven - tomó mi mano - vamos a dar una vuelta.
Estuvimos en silencio por unos minutos. Me sentía mejor. El frío azotaba mis mejillas, pero me hacía sentir a gusto y cálida. No pienso, miro, respiro, me mojo mis labios con la lengua, oigo las hojas de los árboles moverse al compás de mi corazón.
- Mira el cielo, es precioso.
- Es negro y no se divisa ninguna estrella.
 - El cielo siempre sigue su curso, claro de día y oscuro de noche. Es muy ramé.
- ¿Ramé?
Reí - es algo caótico y hermoso al mismo tiempo.
Estuvimos andando horas, en silencio, mañana tenía que ir a la universidad y mis compañeras de piso seguro que estaban preocupadas. Pero tampoco me molesté en llamadas.
- Es muy tarde - dijo parándose en frente del frío banco de madera desde el cuál lancé mis sentimientos al viento.
- ¿Qué crees que pasará mañana?
- ¿Qué quieres decir?
- Cuando me despierte. ¿Volveré a verte?
Siempre estaré aquí. No me voy a olvidar nunca de ti - me revolvió el pelo con ternura.
- Te echaré de menos.
- Suerte.
- ¿Con qué?
- Con la vida - sonrió subiéndose a donde debería estar colocado.
- ¿Aquí acaba todo?
- Hay veces que por más que quieras poner un punto de final, termina siendo punto y seguido...

Y acabó al igual que mis palabras, como un insignificante y cálido soplo en la piel.